La fuga (1)

Conocí a Julio Acosta al regreso de un viaje que hice a Mar del Plata. Subió al auto pacíficamente. Tenía una expresión serena. Las manos, limpias. Mantuvo una conversación sostenida para que yo no me durmiera. Impresionaba como un sujeto culto. Parecía tener unos cuarenta años. Tenía el pelo largo, oscuro, y una sonrisa se escondía detrás de una barba de dos días.

Cuando no hablábamos, leía un libro que tenía en el bolsillo de la mochila. Yo venía de cobrar una venta de fiambres que había hecho a un distribuidor marplatense, y tenía miedo de que me fuera a asaltar. No hacía mucho que trabajaba en ese frigorífico, y quería mantener el empleo. La paga no era mucha pero con eso tiraba para mantener a mi familia.

—¿Qué hacías en Mar del Plata?—le pregunté para desembarazarme de mis pensamientos de temor.
—Soy crupier.
—A mí no me gusta el casino. El dinero hay que ganárselo trabajando. No creo en las dádivas del azar.

Julio Acosta no tenía educación primaria, venía del Chaco. Le gustaba viajar a dedo y andar de un lado para el otro sin pagar pasaje. Llegamos a una estación de servicio. Yo bajé para encargar la nafta. El que me atendió era medio lento. Me puse algo nervioso: tenía que llevar el cargamento de salamines a Balcarce, y había que llegar a las ocho de la mañana. Mientras el muchacho llenaba el tanque, lo observé a Julio. Había perdido el aspecto sereno que lo caracterizaba hasta el momento. Los ojos le bailoteaban. Venía corriendo hacia el camión. Traía una bolsa de nylon. Cuando se dio vuelta hacia mí, me di cuenta de que tenía un arma. Miré hacia el local que estaba al fondo de la estación de servicio, y vi que la gente de adentro estaba aterrada. El que me estaba cargando nafta me dijo:

—Vaya tranquilo, pero no me haga nada. Tengo una esposa y tres chicos.

Era un hombre humilde, con cierto aire retraído. La situación le había acelerado las palabras, y me miraba como si yo hubiera estado armado. No supe qué decirle. Me hubiera gustado calmarlo. No estaba en posición de pensar demasiado las cosas. Corrí por el local. Sentí que las venas se me salían del cuerpo. Salí y miré para todos lados. Había gente a los costados. Me tapé la cara y volví a correr.

La fuga (2)

Subí al camión. Julio no me apuntó con el arma. Nada más me miró, y me dijo:

—Vamos a Arrecifes. Tenemos que planear un robo a un banco.

No estaba en posición de elegir destino ni objetivos. Me vinieron a la mente los salamines: los imaginaba llenos de musgo. Spadaro, mi jefe, me echaría sin pensarlo. Estaba muy preocupado. La última vez que había quedado sin trabajo estuve desocupado por tres años. Mi mujer había tenido que armar unas cajitas de cartón. Nos pagaban por unidad. Pasábamos el día armándolas y no sabíamos para qué. Nuestros únicos diálogos eran sobre las cajitas. No nos comunicábamos para otra cosa. A veces no íbamos al baño porque había que terminar una entrega. No duró demasiado tiempo. Tuve una discusión con el dueño de las cajitas y me dijo que no volviera. No sé dominarme cuando me exaspero.

Estuve un tiempo en un garage, medio turno. Estacionaba autos todo el tiempo. Venían muchos militares. Algunos me trataban como si estuviese en el servicio militar. Me hacían lavar los autos, cargar nafta. Tuve que aprender de mecánica. No me vino nada mal. Duré hasta que hice una maniobra inconveniente con el auto de un teniente coronel y le rompí el foquito de atrás. El dueño del garage me echó.

Después vinieron años peores. Mi mujer tuvo que emplearse en un supermercado. Yo me quedaba en casa cuidando a los niños. Cocinaba, lavaba y planchaba. Y no es que sea machista, pero algo de mí había quedado suspendido. Necesitaba emplearme de cualquier cosa.

Un día vino a visitarme mi amigo el Sapo y me conectó con Spadaro, el dueño del frigorífico. La paga no era alucinante, pero al menos viajaba y traía el dinero a casa. Mi mujer pudo dejar el supermercado y yo volví a ponerme los pantalones.

Ahora, a la vuelta de aquel viaje a Mar del Plata, todo eso corría el riesgo de esfumarse. Julio me miraba con ojos de presidiario. Había dejado el arma en la guantera y miraba el acelerador.

—Metele pata. Quiero que me lleves a un refugio que yo tengo y te voy a decir cuáles son los planes para entrar campeando a Arrecifes.
—Como quieras.

Si pensaba algo en ese momento, no sabía lo que era. No me acuerdo más que de ver pasar volando los árboles a los costados, los campos con ganado. El cielo estaba turbulento.

La fuga (3)

Julio me hizo tomar por un camino de tierra. Estaba lleno de pinos y de pájaros raros. Se sentía el olor de los eucaliptos. Respiré hondo para sentir ese aroma, pero Julio encendió un cigarrillo y se apagó todo. Me hizo estacionar detrás de un árbol. Ni bien se detuvo el motor, me dijo que nos bajáramos. Le hice caso. Nos sentamos en el pasto.

—Tenemos que desaparecer pronto. Nos sigue la policía.

Mientras hablaba me parecía mentira lo que estaba diciendo. Tenía la sensación, que evidentemente no era la equivocada, de que me había incluido en sus planes como parte de un equipo maléfico. Yo no tenía opciones.

—Tú conoces bien la ruta —dijo con una voz pastosa—. Tenés que orientarme. Vamos a un veinte y un ochenta. Además te prometo que no es el único atraco. Pero, eso sí, vas a tener que aprender a usar un arma. Yo solo no puedo con toda la gente que hay en el banco. Después de Arrecifes, vamos a asaltar el Banco de Tandil. Acá tenés tu 9mm.

—Pero no sé ni cómo se usa eso.
—Yo a los diez años qué no hubiera dado por una máquina como esa. Tenía que asaltar con un dedo, y el que me mandaba me tenía prometida una que no llegué a ver hasta los veinte años, cuando pude juntar para comprarla, bueno, para que el Lija me la comprara; porque yo era menor y no podía conseguir el permiso.

Subimos al auto y puse primera. El motor estaba frío. Tuve que darle al acelerador. Julio se había puesto nervioso.

—Dale que tenemos que estar en Arrecifes al mediodía, mira que el banco cierra a las tres de la tarde.

Me había dicho que en la primera parada me haría desarmar el arma para verificar que anduviera como correspondía. No solamente no había manejado un arma en mi vida, hasta me había salvado del servicio militar por hijo de madre viuda. Mi padre era un tipo pacífico. Había sido abogado. Defendía casos difíciles, tipos que habían sido detenidos por intento de asesinato o cosas peores. Él tenía que partir de la base de que eran todos inocentes, que jamás le tocarían un pelo ni a Dios ni a María Santísima, y en general tenían unos rostros fascinerosos, tipos con un historial tupido, que el que no había asaltado había violado a alguna mujer o había sido metido en la cárcel por golpear a su esposa, generalmente alcohólicos o merqueros,* traficantes, asaltantes. Y mi padre estaba ahí, los defendía como si nada. Después, por alguna cuestión se enteraba si habían o no cometido esos crímenes.

La fuga (4)

Me acuerdo del caso del Chaqueño. Había violado a su propia mujer y después mató a la suegra. Todo indicaba que era el único culpable posible, y no, mi padre revolvió todo y probó que el Chaqueño no tenía nada contra su suegra, que había sido asaltada por una banda y que a uno de los delincuentes se le había escapado una bala. Después el chaqueño fue puesto en libertad y, a los dos años, mató a la mujer. Pero mi padre seguía con su trabajo como si nada, hasta con cierta modestia. Era un abogado eficiente, capaz de convencer a cualquiera de cualquier cosa. Mi madre le creía todo lo que le decía. Tenía un carisma único: con los ojos definía las situaciones. Mi madre lo seguía en todo lo que decía. A mí no tenía necesidad de retarme ni de pegarme, con que me mirara con cierta expresividad ya era suficiente.

Ahora Julio me pedía que nos detuviéramos. Era en un páramo desierto. Puso una piedra grande como blanco. Me pidió que disparara. Cuando apretaba el gatillo, las balas salían para cualquier lado. Terminé el cargador y la piedra seguía intacta. Julio hizo un solo disparo que destruyó la piedra.

Paramos para almorzar. Julio tenía un jamón que acababa de robar. Yo tomé uno de los salamines. Hicimos una picada. Julio comía como una fiera. Usaba un cuchillo propio de un asesino. Tenía dos dientes emplomados que le daban un aspecto más siniestro. Todos sus dedos estaban colmados de anillos. En la mano derecha tenía un ancla.

—Fui marinero en un barco de carga. Hacíamos los puertos del Paraná. Yo estaba encargado de la cocina. No, si yo ganaba bien. Me traía mis buenos tesoros. A la que era mi mujer entonces la llené de alhajas y de ropa. Así me lo agradeció la muy guacha, yéndose con el lechero. Yo sabía, cuando me iba a embarcar lo veía al turro que se encaminaba a mi casa. Vestido así de blanco parecía que no mataba ni a una mosca. Cuando me enteré, cacé el arma y lo fui a buscar, lo agarré del cuello y le apunté: el tipo temblaba como una mosca. Seguro que se había hecho encima. Tiró el cajón de leche que tenía agarrado y levantó las manos como una señorita.

La fuga (5)

Julio tomó una ramita y se limpió las hendiduras de los dientes. Cada tanto escupía los restos de carne que le habían quedado atrapados.

—Hay que tener bien claro el plan. Esto no es cualquier cosa. Vamos a asaltar un banco, el Banco de Arrecifes. Hay gente. La gente es muy cagona. Tú eres nuevito en esto.
—¿Yo?… Yo, Julio, no quiero asaltar a nadie.
—¿Por qué no hablaste antes? Tenías que decírmelo. Yo ya me había ilusionado. Pensé que tenía un nuevo compañero. ¿Sabes el tiempo que vengo maquinando solo todas estas cosas? Estoy tan solo que le hablo al arma. Paso días y noches sin dormir pensando en mis próximos movimientos, cagado hasta las patas de cómo me van a salir las cosas, pensando en qué pasa si algún tipo se me tira encima y me quiere arrebatar el arma, lleno de cagaso, porque, ¿qué te crees, que a mí me gusta matar gente?

—¿Mataste a alguien alguna vez?

Julio se detuvo y se quedó mirando el horizonte. No hablaba. Parecía como si le hubiesen robado las palabras.

—Tenemos que estar bien organizados…
—Te repito, Julio, yo no quiero asaltar a nadie, ya estoy harto, si quieres mátame, liquídame, pero yo tengo un empleo, me pagan un sueldo, soy repartidor de fiambres. Es más, si quieres llévate el dinero de mi recaudación, acá lo tienes, me pagaron con un cheque a ciento veinte días del banco de la provincia de Buenos Aires. Toma, el cheque es tuyo. Déjame ir.

Julio puso un gesto de tristeza. Paró de hablar. Empezó a juguetear con el arma. Pero no le interesó el cheque. Yo, lo confieso, tuve miedo, mucho miedo.

—Vas a ser mi chofer. Dejamos el acoplado por acá para que el camión esté más liviano.
—No quiero ser tu chofer ni tu ayudante asaltante segundo, yo me voy a casa o me matas, ¿entiendes? Estoy afuera. A mí las historias de asaltos no me gustan ni en las películas ni en los noticieros, ni en la realidad. Te digo más: me aburren. Cuando empiezan a negociar con la policía cambio de canal, pongo una de guerra.
—No quiero ser el protagonista de tu película. Solamente creí que ibas a querer ayudarme. Después de todo nos conocimos en la ruta, en la ruta se hacen los verdaderos amigos. Te hablé para que no te durmieras. Te conté sobre mi mujer, te hablé de lo que hacía cuando trabajaba. Te confesé cosas que no le dije ni a mi mejor amigo. ¿Te crees que le conté a alguien que mi mujer me corneaba?

La fuga (6)

—Mario —me dijo Julio medio como un ruego—, tienes que ayudarme. Vamos a un cincuenta y un cincuenta. Me aburro trabajando solo. Después salgo del banco y no tengo con quién hablar de lo que pasó, me gusta tener un amigo para acordarnos, que nos matemos de risa de las cosas que pasaron ahí adentro, que nos contemos el miedo que teníamos. Dale, vas a ver lo divertido que va a ser.
—Nunca.
—Bueno, Mario, te voy a tener que matar, no era mi intención pero tú me obligas. Además, no quiero que andes contando todo por ahí. Ya me conoces y sabes cuáles son mis próximos planes. Tú te la buscaste.

Cuando dijo eso, levantó el arma y me la puso en la cabeza. Me vinieron las imágenes de mi esposa y de mi hija. Me acordé de cuando había conocido a Hilda. Era un día caluroso. Había una humedad insoportable. Entonces trabajaba de cobrador en la zona céntrica. Pasé por un negocio de ropa de mujer a buscar cambio: necesitaba para el colectivo. Vi a dos mujeres: una era ella, mi mujer. Tenía el pelo largo lacio, color castaño claro. Le vi algo familiar. Como que la conocía de antes. Estaba vestida en forma muy seria, parecía una estudiante de colegio de monjas. Le faltaba el uniforme. Tenía unas trencitas atadas con una gomitas color rosa y unos aritos chiquitos tipo perla.

Cuando me miró, pensé que ella también me vio algo, no sé, algo que podía durar, que no se podría escapar así nomás. Compré cualquier cosa y le pagué con un billete de cien. Me dio el cambio y lo conté como si desconfiara. Pero ese algo que había intuido me retenía ahí y no sabía bien qué era, y, a pesar de eso, me fui. Caminé despacio hacia la esquina. Entré a un bar. Estaba lleno de gente, plagado de empleados de la zona. Me senté en la única mesa que quedaba desocupada y pedí un cortado. Quedé mirando a la ventana viendo cómo pasaba la gente hacia sus cárceles diarias, todos con ojos de encierro, de estar haciendo día tras día lo mismo, sin saber para qué ni por qué ni hacia adónde iban. Me alegré de estar trabajando en la calle.

A mí la calle me salvó, me hizo conocer la libertad, me llevó a viajar por la ruta más tarde. Y, bueno, en fin, estaba ahí mirando y pensando y tenía en la cabeza la imagen de ella. Me acordé de cuando me dio el cambio y su mano rozó la mía, esa voz tierna, esos ojos que en ese momento me parecieron húmedos, sí, me había parecido que tenía algo conmigo. Tenía que hacer algo. No podía quedarme en ese bar sin hacerme cargo.

La fuga (7)

Era mi oportunidad. No era como las demás mujeres de mi vida, era ella. Además no volvería a pasar por aquella zona, era un paso momentáneo: mi ruta era otra. Llamé al mozo y pagué el café. Caminé algo tembloroso hacia la puerta; las manos frías; los labios apretados. Fui por la calle pensando en qué iba a decir y en cómo reaccionaría a cada posible respuesta de ella. Cuando entré, el negocio estaba lleno de gente. Ella había acompañado a una clienta al probador. Me vino a atender una compañera suya.

—¿Lo puedo ayudar en algo?
—No, no sé.

Me desubicó, no había pensado en aquella posibilidad. No había pensado en nada. Toda mi imaginación se había remitido a encuentros con ella. No había pensado en la aparición de terceros.

—Quería saber el precio de la pollera roja que está en la vidriera.

La mujer me miró con cara de asombro.

—Es para mi hermana que cumple años mañana.
—Quince pesos.

Cuando terminó de contestarme sentí un vacío. Miré a donde estaba ella y todavía atendía a la clienta. Le pregunté a su compañera por otro producto. Comencé una conversación sobre el tema de los talles, que no sabía qué talle tenía mi hermana pero que sería más o menos de su altura pero un poco más ancha, más regordeta.

—Talles especiales no tenemos, pero le puedo dar una dirección.
—No, yo vine porque quiero llevarme algo de acá.

La mujer me miró asustada. Seguramente habría pensado que la iba a asaltar. Puso las manos debajo de la caja como si fuera a presionar el pulsador de una alarma.

—No —le dije— Esto no es un asalto. Yo vine porque tenía que hablar urgentemente con ella.

Y la miré a la que ahora es mi mujer. El gesto de temor se acrecentó en la cara de la vendedora. Me desentendí, di un giro y me acerqué a ella, todavía estaba esperando en el probador para ver cómo le quedaba la ropa a la clienta. La miré embobado y le dije:

—No puedo esperar más. Te miro y es como si te conociera de otra parte.

Me miró descolocada.

—Yo no lo conozco, señor, me parece que debe estar confundido.
—No, es que yo sé que nunca antes nos habíamos visto; pero creo que deberíamos conocernos mejor, lo mejor que pudiéramos, quiero decir, ¿qué tienes que hacer cuando sales de acá?
—Es que yo tengo novio, bueno, novio, es como si lo fuera.
—Mira, yo no quiero robarte tu tiempo. Solamente quisiera que tomáramos un café. Si vamos un ratito al bar de la esquina a conocernos, no sé, te cuento quién soy, dónde nací, cómo se llaman mis padres, te muestro una foto que tengo en la billetera de cuando era chiquito, en fin, las cosas más importantes, ¿qué dices?

Ella miró hacia la calle, se sirvió un vaso, me miró y me dijo:

—Ah, bueno, eso de la foto me parece interesante.

La fuga (8)

Dijo lo que dijo con un gesto tierno entre los labios. Algo de lo que le había dicho la había ablandado, ya no me miraba con temor. Se dirigió a la caja y le dijo a la compañera que atendiera ella a la clienta. Volvió y me dijo:

—Ya estoy lista, vamos al bar que usted quiera.
—Si quieres puedes tutearme.

Le dije que no me acordaba dónde quedaba el bar que acababa de ir. Me dijo:

—Acá en la esquina hay uno, pero está lleno de gente y hay mucho olor a fritacho, mejor vamos al de la otra esquina.

Caminamos. Andar al lado de ella me daba una libre sensación de estar acompañado, no era como cuando caminaba mientras trabajaba e iba a cobrar de un lado a otro, era estar como paseando, mirando vidrieras, yendo a comprar los pasajes para las vacaciones, yendo a la cancha a ver a Atlanta. En fin, llegamos a la esquina. El bar era chico, pero cálido. No había nadie. Seguramente no dan de comer, pensé. Era mucho más oscuro. Ella pasó primero sin esperar a que yo se lo indicara. Parecía que estaba muy familiarizada con el lugar. El mozo la saludó enseguida. Vino a atendernos y me saludó con tal confianza que me sentí como en mi casa. Miré a la barra, a la entrada, a la vereda: parecía que nadie vendría a molestarnos. Hacía calor.

—¿Qué tomas? —le pregunté.
—Un Fernet con Cocacola.

El pedido me asombró. En horario de trabajo y pidiendo una bebida alcohólica.

Yo, para no ser menos y porque me moría de calor, pedí un porrón de Quilmes Cristal bien frío.

El mozo fue hacia la barra y él mismo sacó las botellas de la heladera. Sirvió toda la Cocacola en un vaso y el Fernet en otro más chico. Entonces, vino con la bandeja hacia nosotros. Desde que se había ido que no hablamos una palabra. Yo estaba tenso. Me desabroché el último botón de la camisa.

—Soy de San Isidro—dijo ella—.
—Lindo lugar, zona residencial.
—No, pero vivo cerca del hipódromo. Mi papá cuida un caballo.
—¿Cómo se llama?
—¿Quién, el caballo?
—No, tu padre.
—Vicente.
—¿Y el caballo?
—Meteoro.
—¿Gana seguido?
—Es el favorito. A veces a mi papá lo dejan subirse y andar, quiero decir, no es el jockey, es el cuidador; pero es el único que se puede subir para que ande un poco. Es más, si un día vamos, a lo mejor puedo conseguir que te dejen subir a ti.

La fuga (1)

Que me tuteara me hizo sentir vital. Ya en esos años que alguien me tratara de usted me deprimía, me dejaba solitario, algo lejano de la gente.

—¿A qué te dedicas?
—Soy cobrador. Pero esta no es mi zona.
—¿Y entonces qué haces por acá?
—Es que faltó un compañero y tuve que venir a cubrirlo.
—Si estás en la calle debes tener auto.

El comentario no me gustó. Me hizo pensar que era algo materialista, y no solamente eso, como yo no tenía auto, me hizo sentir inseguro.

—No, no tengo auto. Ando de un colectivo a otro.
—¡Qué voluntad!
—Y sí, es como que me conozco casi toda la ciudad.
—Qué bueno, yo soy al revés. Mi vida es adentro de ese local. Todo el día viendo mujeres que se vienen a comprar la ropa y no compran nada. Algunas vienen nada más que para ver cómo les queda, es como si quisieran verse lindas por un momento y después se van a sus casas, como si se hubieran sentido de una clase más alta y se van así estiradas, como si se sintieran elegantes ese rato, no sé, son tan estúpidas.
—No, es que ahora nadie tiene un peso y no es fácil comprar cualquier cosa.

Puso cara de enojo. Yo no entendía.

–¿Qué quieres decir, que yo trato mal a la gente? No. Yo sé cómo hacer que las clientas me compren. Eres igual al encargado. Quiere que ofrezca y ofrezca cosas todo el tiempo, y está ahí para controlarme a ver si estoy nada más que para atender o si ofrezco, y no, yo estoy todo el tiempo pensando en que se venda más y en que el local gane plata, si después de todo voy a comisión y a mí me interesa.
—Está bien, espera, yo no te decía nada.

Se ve que el Fernet le había hecho efecto.

—¿Te convenía tomar Fernet a esta hora?
—¿Me quieres decir borracha?
—No, espera. Cambiemos de tema. Entré al negocio nada más que para conocerte a ti porque me gustaron tus ojos, tu pelo, no sabía con qué excusa entrar. Inventé cualquiera.
—No te creo. Tú entraste por mi compañera. A los pocos hombres que entran les gusta ella porque es rubia.
—No seas tonta, me llamaste la atención, no sé, te vi algo y todavía te lo veo.
—¿Qué?

Me agarró de sorpresa con la pregunta, porque, ¿cómo decir lo que le veía si yo mismo no sabía lo que sentía? Pensé que lo mejor hubiera sido que nos citáramos para otro día. Todo había pasado demasiado rápido. Si hubiera estado solo y pensado en ella… a lo mejor habría clarificado las cosas, pero no, las cosas se habían dado así y, después de todo, eso era lo mejor.

La fuga (10)

Ahí estaba, había conseguido lo que me había propuesto, y sí, ella estaba en ese bar porque yo la había citado. En fin, salimos dos meses, y ya le estaba proponiendo matrimonio. Dijo que no. Después dijo que por ahí, y que le gustaría que conociera al padre.

Era un tipo campechano, con aspecto de gaucho: bigote negro y algunas canas en el pelo crespo. Caminaba hamacándose y cuando me dio la mano casi me la rompe. Se ve que hace mucha fuerza en su trabajo diario, pensé. Me llevó a la cocina de la casa y me habló, largó un sermón como de sacerdote, estaba asustado, creía que yo quería aprovecharme de su hija.

—Su hija es una persona especial.
—Yo sé muy bien cómo la crié.

Me miraba fijamente y apretaba las mandíbulas. Yo me esforzaba por mantener la mirada. No tardó en decir que se alegraba de que nos fuéramos a casar.

Pero ahora Julio me apuntaba con el arma.

—Mira, Julio, no tengo demasiado interés en ayudarte con esos asaltos, pero, bueno, si tú estás demasiado solo —le dije pensando en que quería volver a ver a mi esposa y a mi hija—, entonces sí, si quieres aunque sea te acompaño y miro todo desde el camión. Tendríamos que cargar nafta antes.

Cuando dije esto, hizo una sonrisa de oreja a oreja como si yo hubiera sido el único amigo que tenía en su vida.

—Pero tienes que aprender a disparar.
—No, eso no, no pienso disparar un solo tiro.
—Es solamente por si viene la policía y tienes que defenderte.

Tuve miedo. Pensar que mi única relación hasta el momento con la policía era la de preguntar a un agente dónde quedaba determinada calle.

—Está bien—le dije—. Dame el arma y yo la dejo en la guantera. Pero no quiero que nadie me vea apuntar a nadie.
—Como tú digas.

Empecé a sentir que el jefe era yo. Julio era como un niño. Todo el plan que había desarrollado me parecía un juego, un juego algo peligroso, y él ponía esa cara de estarse divirtiendo, como de necesitar, más que el dinero robado, la satisfacción del deber cumplido, un deber sádico y criminal. Pero lo que le gustaba no parecía ser atemorizar a la gente, sino el planear todo y el hecho de correr ese riesgo, de que lo atrapen, de que algo pudiera salir mal y lo agarren. Julio no había estado nunca en prisión, de hecho creo que, inconscientemente, quería tener esa experiencia. Todos le habían dicho que era lo peor que podía vivir un hombre, pero hasta que no lo atraparan no estaría tranquilo.