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Conocí a Julio Acosta al regreso de un viaje que hice a Mar del Plata. Subió al auto pacíficamente. Tenía una expresión serena. Las manos, limpias. Mantuvo una conversación sostenida para que yo no me durmiera. Impresionaba como un sujeto culto. Parecía tener unos cuarenta años. Tenía el pelo largo, oscuro, y una sonrisa se escondía detrás de una barba de dos días.
Cuando no hablábamos, leía un libro que tenía en el bolsillo de la mochila. Yo venía de cobrar una venta de fiambres que había hecho a un distribuidor marplatense, y tenía miedo de que me fuera a asaltar. No hacía mucho que trabajaba en ese frigorífico, y quería mantener el empleo. La paga no era mucha pero con eso tiraba para mantener a mi familia.
—¿Qué hacías en Mar del Plata?—le pregunté para desembarazarme de mis pensamientos de temor.
—Soy crupier.
—A mí no me gusta el casino. El dinero hay que ganárselo trabajando. No creo en las dádivas del azar.
Julio Acosta no tenía educación primaria, venía del Chaco. Le gustaba viajar a dedo y andar de un lado para el otro sin pagar pasaje. Llegamos a una estación de servicio. Yo bajé para encargar la nafta. El que me atendió era medio lento. Me puse algo nervioso: tenía que llevar el cargamento de salamines a Balcarce, y había que llegar a las ocho de la mañana. Mientras el muchacho llenaba el tanque, lo observé a Julio. Había perdido el aspecto sereno que lo caracterizaba hasta el momento. Los ojos le bailoteaban. Venía corriendo hacia el camión. Traía una bolsa de nylon. Cuando se dio vuelta hacia mí, me di cuenta de que tenía un arma. Miré hacia el local que estaba al fondo de la estación de servicio, y vi que la gente de adentro estaba aterrada. El que me estaba cargando nafta me dijo:
—Vaya tranquilo, pero no me haga nada. Tengo una esposa y tres chicos.
Era un hombre humilde, con cierto aire retraído. La situación le había acelerado las palabras, y me miraba como si yo hubiera estado armado. No supe qué decirle. Me hubiera gustado calmarlo. No estaba en posición de pensar demasiado las cosas. Corrí por el local. Sentí que las venas se me salían del cuerpo. Salí y miré para todos lados. Había gente a los costados. Me tapé la cara y volví a correr.