Por fin estaba ahí. No me alcanzaban los ojos para ver el despliegue del show. Me impresionaron mucho las parrillas de luces, y todos los recursos técnicos que había en el escenario. A ambos lados del mismo, dos operarios de luces se subieron, o mejor dicho fueron elevados, en unos pequeños andamios a lo más alto de la parrilla.

Pasó el show de Paul Oakenfeld, el DJ invitado, sin pena ni gloria. La gente aplaudía tibiamente y se animaba un poco más cuando el tema era conocido. Todos queríamos verla a ella. Por fin los muchachos de las luces comenzaron a hacerle señas al público, que se anime, que aplauda que estaba por salir Madonna a escena.

El recital arrancó con toda una intro de Candy Shop, con imágenes de una bola de caramelo que rodaba por unas pasarelas, me hizo acordar a Charly y la fábrica de chocolate. Lo que han hecho con esas pantallas de led que servían de fondo al escenario es impresionante. Las movían como querían, por partes se desplazaban para arriba, o en su totalidad. Se ubicaban hasta formar un cubo, o se juntaban para hacer una pantalla extragrande, según la coreografía del tema lo requiriera.

No llores por mi, Argentina.
A Madonna la tenía ahí, a 5 metros. La noche que yo estuve cantó, por única vez en toda la gira, creo “No llores por mi Argentina”. Sentía como si me lo cantara a mi cuando se aproximaba a la parte delantera de la pasarela.

Un par de perlitas: Cantando Candy Shop pareció en un momento que se equivocó la letra, porque se perdió totalmente de la letra original. Y cuando cantó “Devil wouldn’t recognize you” ella aparece dentro de un cilindro semitransparente de leds. Es impresionante verla. Se eleva desde el centro de la pasarela, envuelta en una capa violeta, sobre la tapa de un piano. Bueno, en ese momento, al querer sacarse la capa, el velcro le falló y no se la podía sacar, luchó con esa capa por unos cuantos segundos. Y además, el cilindro no subía nunca. Se suponía que después de la intro, sube, para que ella siga cantando montada en el piano. Pero en este caso, le falló ese detalle. Cantó todo el tema dentro del cilindro.

En resumen: fue una noche maravillosa y única. Espero no tener que esperar otros quince años para volver a verla.

París brillaba en aquel mes de febrero de 1867, cuando bajo el reinado de Napoleón III se organizó una mega-muestra que se hizo famosa: la Exposición de París.

Un mundo que cambiaba

La Exposición de París fue preparada por un maestro del urbanismo, el barón de Haussman, y en ella se presentaron los inventos y demostraciones más avanzadas de la ciencia y la técnica de un mundo que empezaba a movilizar ideas y sueños de progreso.

Un músico vienés, Johann Strauss (h), había compuesto una partitura “viva y alegre”, a pedido de un director de orquesta, para los carnavales de ese año, que llamó “En el bello Danubio azul”. Parece que alguien tuvo la mala idea de ponerle letra y cayó tan mal que el vals estuvo a punto de caer en el olvido.

Sin embargo en la fastuosa inauguración de la Exposición de París el embajador de Austria y su esposa ofrecieron un baile en los jardines de su residencia parisina y el músico Joseph Strauss, hermano de Johann, fue invitado con su orquesta para animar el evento.

La medida del éxito

Allí, Joseph incluyó el vals de Johann pero… sin la letra. El tema que había sido recibido con indiferencia y hasta con frialdad por el público vienés fue tan impactante que la orquesta de Joseph tuvo que interpretarlo hasta veinte veces esa misma noche! Y a partir de allí, el “Danubio azul” empezó a ser repetido en distintas ciudades europeas con un éxito impresionante. Hoy en día mencionaríamos discos vendidos; en aquélla época la única forma de medir la repercusión de un tema musical, era por la cantidad de partituras impresas vendidas, a partir de la plancha de cobre de la imprenta que permitía obtener unas diez mil copias. Se cuenta que del vals de Strauss se imprimió cien veces esa cantidad. En la ciudad de Viena, su casa restaurada como museo, muestra las habitaciones donde compuso este vals, en 1867.

Clásico y popular

El vals “Danubio Azul”, nacido en el siglo XIX, atravesó con todos los honores casi ciento cincuenta años para hacerse conocido y tarareado por todo el mundo en el XXI y convertirse prácticamente en el himno no oficial de Austria. Un mérito que solamente los verdaderos clásicos pueden ostentar: hacerse populares. Y esta dulce canción lo logró entre otras cosas gracias al cine, de la mano de un director genial: Stanley Kubrick, que en su película “2001: Odisea del espacio” imprime bajo sus notas al ballet de naves espaciales en el abismo cósmico, una profundidad y belleza conmovedoras.

Saludos desde ocio.pro

Adriana P. Kreiman