Por fin estaba ahí. No me alcanzaban los ojos para ver el despliegue del show. Me impresionaron mucho las parrillas de luces, y todos los recursos técnicos que había en el escenario. A ambos lados del mismo, dos operarios de luces se subieron, o mejor dicho fueron elevados, en unos pequeños andamios a lo más alto de la parrilla.

Pasó el show de Paul Oakenfeld, el DJ invitado, sin pena ni gloria. La gente aplaudía tibiamente y se animaba un poco más cuando el tema era conocido. Todos queríamos verla a ella. Por fin los muchachos de las luces comenzaron a hacerle señas al público, que se anime, que aplauda que estaba por salir Madonna a escena.

El recital arrancó con toda una intro de Candy Shop, con imágenes de una bola de caramelo que rodaba por unas pasarelas, me hizo acordar a Charly y la fábrica de chocolate. Lo que han hecho con esas pantallas de led que servían de fondo al escenario es impresionante. Las movían como querían, por partes se desplazaban para arriba, o en su totalidad. Se ubicaban hasta formar un cubo, o se juntaban para hacer una pantalla extragrande, según la coreografía del tema lo requiriera.

No llores por mi, Argentina.
A Madonna la tenía ahí, a 5 metros. La noche que yo estuve cantó, por única vez en toda la gira, creo “No llores por mi Argentina”. Sentía como si me lo cantara a mi cuando se aproximaba a la parte delantera de la pasarela.

Un par de perlitas: Cantando Candy Shop pareció en un momento que se equivocó la letra, porque se perdió totalmente de la letra original. Y cuando cantó “Devil wouldn’t recognize you” ella aparece dentro de un cilindro semitransparente de leds. Es impresionante verla. Se eleva desde el centro de la pasarela, envuelta en una capa violeta, sobre la tapa de un piano. Bueno, en ese momento, al querer sacarse la capa, el velcro le falló y no se la podía sacar, luchó con esa capa por unos cuantos segundos. Y además, el cilindro no subía nunca. Se suponía que después de la intro, sube, para que ella siga cantando montada en el piano. Pero en este caso, le falló ese detalle. Cantó todo el tema dentro del cilindro.

En resumen: fue una noche maravillosa y única. Espero no tener que esperar otros quince años para volver a verla.

Provincia de Entre Ríos

El “carnaval del país” se festeja todos los sábados de enero y febrero en la ciudad de Gualeguaychú, en la provincia de Entre Ríos. Es considerado el espectáculo a cielo abierto más grande de la Argentina y, al igual que en las tierras de su socio del MERCOSUR (Brasil), se realiza en un lugar acondicionado a tal fin: el Corsódromo, que alberga a más de 40.000 personas por noche.

Los trajes de fantasía son, después de las carrozas, los elementos que más llaman la atención. Las maravillosas creaciones suelen abarcar casi todo el ancho del circuito y una gran altura, por lo que exige ser portado con ruedas auxiliares (y en algunos casos llevan hasta grupo electrógeno propio). Son los más espectaculares de la comparsa, dado su tamaño y lujo, por lo que cada una presenta sólo uno y van temáticamente integrados a una determinada escuadra o carroza. Generalmente su peso impide bailar a sus portadores, que se limitan a acompañar suavemente el ritmo. Los demás trajes de fantasía también son de gran tamaño, costosos materiales y generosos espaldares. Pueden alcanzar un peso de más de 80 kilos, llevan hasta 2.500 plumas y varios kilos de lentejuelas bordadas una por una con mostacillas, además de piedras, perlas y otros elementos que en algunos casos superan las 500.000 piezas.

La oferta del norte argentino

Los carnavales de la región andina de América del Sur comparten características similares porque son el resultado de ancestrales tradiciones incas, que se han fusionado con nuevos elementos tomados de las costumbres y creencias de los conquistadores españoles.

En el norte de la Argentina, los festejos son totalmente diferentes a los de otras regiones del país (como, por ejemplo, el de Gualeguaychú). En Jujuy, el carnaval se celebra especialmente en la Quebrada de Humahuaca, mientras que el valle de Lerma es el principal lugar de celebración en la provincia de Salta, aunque los festejos se extienden por todas las localidades de ambas provincias.

Los hitos más importantes dentro de las ceremonias son el desentierro y el entierro del diablo de carnaval, que simboliza al rojo sol y que, según la creencia, es quien fecunda a la Pacha Mama (la Madre Tierra), para que ésta pueda producir las semillas, raíces, troncos, follajes y frutos de la región. Después de que el diablo es desenterrado (generalmente en lugares fuera de los pueblos), todos los que participan cantan canciones y se tiran agua, harina, talco y serpentinas. Luego van por las casas cantando coplas y canciones. También se reúnen para bailar carnavalitos y beber.

El Domingo de Tentación finalizan los festejos con la ceremonia de enterrar al diablo, que volverá a su escondite con hojas de coca, alcohol y cigarrillos, para permanecer enterrado durante un año.

por Sabina

Ellos están ahí, sentados en el piso o parados, en el corralito. Quizás haciendo travesuras, corriendo de un lado a otro, por la casa, por la calle, por el paseo, por el jardín. Ensuciado la casa, divirtiéndose, jugando. Algunos no saben todavía hablar, a otros se les entiende todo con palabras, con gestos. Y con sus monerías y maneras de caminar graciosas nos divierten a nosotros, los grandes.
Son esos pequeños bajitos, los niños, que solo saben vivir jugando. Desde la mañana, hasta que se acuestan. Juegan, se divierten. Lo hacen solos, con hermanos, con primos. Disfrutan de su ocio. Toda su vida transcurre en un eterno momento libre. Y son felices. Y deben serlo.
Deben ensuciarse, lastimarse, treparse, dibujar, correr, andar en bici, tener amigos, vivir, comer y antes de dormir, debemos leerle un buen libro.
El trabajo, las responsabilidades, vendrán con el correr de los años. Ahora es tiempo de aprender a seguir jugando, aprender que la vida es una, y de enseñar a los demás a disfrutarla.
Para nosotros son payasitos que nos divierten, y a veces añoramos volver a esa época feliz de nuestra existencia: la infancia. Pero muchos sabemos que no volverá, por eso le dedicamos tiempo a nuestros niños para que la vivan lo mas plenamente, y nosotros la recordamos un poco.

Lamentablemente en Argentina, no todos los niños viven en su ocio feliz.
Muchos trabajan para ganarse el pan, o darle de comer a sus padres. Juntan cartones en la calle, venden estampitas o gomitas en el subte, o están lavando autos en las esquinas. También venden flores en las confiterías al aire libre.
Sin embargo, hay leyes en contra de esta situación infantil. Pero se violan. Los chicos siguen trabajando, sucios, con ropas viejas. A veces duermen en los bancos de las plazas. A veces sabemos que los padres los obligan, están ahí, a pocos metros supervisando como trabajan los niños.
Son las paradojas de la vida. Pero los derechos del niño reclaman una vida sin trabajo, el castigo para la explotación infantil, vivir jugando en un ambiente de paz y armonía para que se desarrollen psíquicamente y físicamente lo mejor posible.
Pero el cuadro de los niños de la calle, y los que trabajan en ella, están ahí, todos los días, a la vista que los ve, pero no los mira, a la vista que los ignora de todos los ciudadanos de Argentina.

por Sabina

Ellos están ahí, dormidos entre cartones, con una frazada sucia, vieja, usada. Adelante de nuestros ojos que nunca los ven. Están ahí, pero son lo mas ignorado de una sociedad que quiere crecer, y que esta diagramada para el turismo extranjero. Para el turista, ellos son una atracción más.

Son los vagabundos, los linyeras (en idioma porteño, lunfardo) que viven en las calles, duermen en las escaleras de los bancos… y cuando están despiertos, en su eterno ocio, porque no trabajan….caminan de un lugar a otro, y piden monedas para la cerveza de cada día: su única distracción.

A veces están acompañados…Es un misterio que habrán sido sus vidas. Si tienen hijos, si tuvieron parejas, por qué terminaron así. Pero tomaron una decisión o el destino les jugo una mala pasada: hasta el fin de sus días, estarán en situación de calle, de vagabundeo, de eterno ocio, con su única compañera: la cerveza.

No practican deportes, no hacen talleres recreativos, no trabajan. No se bañan, no se lavan. Comen lo que encuentran en las basuras. Caminan y vuelven a dormir al mismo lugar, que los espera. Puede ser al aire libre en el banco de una plaza, en las veredas, en las estaciones de subtes. Cada vez son más. Todos los vemos, todos los días. Nadie hace nada. Ni el estado.

O mejor dicho, el Estado si hace, pero poco. Aca en Buenos Aires, existen paradores, donde hay talleres recreativos, consultorios psicológicos, practican deportes. Pero solo abren sus puertas de noche, y tienen una pequeña capacidad limitada, por lo que muchos quedan afuera. Cada día después de las 5 de la tarde, aquel que quiere dormir en el parador, debe realizar largas colas (como en la película en Busca de la Felicidad de Will Smith, que el protagonista para dormir con su hijo bajo un techo, todos los días realiza la cola en el parador, para obtener una cama) para que le den una ubicación. Y así todos los días. Nadie tiene su lugar propio.

Y así se pasan las horas, los minutos. Sin una perspectiva de futuro. Sobreviviendo, callejeando. Pidiendo. Dando lastima, a una sociedad que no los mira, pero los ve. Muchos de los linyeras, son tildados de “locos”, de “esquizofrénicos”. Hablan solos. No sabemos que piensan. Si se aburren o son felices como viven. No sabemos nada de ellos. Y creo que la mayoría de la sociedad, en la que falta solidaridad y respeto por los derechos civiles y sociales del otro, prefiere ignorar este cuadro, que se ve, pero no se mira, todos los días en la Ciudad de Buenos Aires.

por Sabina

Ellos están ahí, sentados, frente a sus televisores, o haciendo el Sodoku (juego de números) todo el día para ejercitar la memoria y un poco la mente.
Sus familias a veces los abandonan, a veces los visitan en sus residencias, a veces los atienden en sus propios hogares. A veces viven en una habitación de la casa de los hijos.
Son presos del ocio desde el momento en que se jubilaron, y hasta el fin de sus días.

El ocio, los hace pensar, los hace recordar viejas épocas, mejores, añoradas, que ya no volverán. Recuerdan quienes fueron y quienes son hoy. Y donde están. Juegan con los nietos, con los bisnietos. Algunos tienen la posibilidad de ir de viaje por el mundo, hacer deportes (tenis, natación, golf), son los menos. Algunos todavía pueden estar acompañados de sus parejas. Debe ser triste. Piensan en ver crecer a sus bisnietos, nietos, hijos. Quizás nunca lleguen.

Desde el instante en que dejaron sus trabajos, si no realizan ninguna actividad y se mantienen en sus casas sentados o acostados toda la jornada, su cuerpo y cabeza puede empezar a deteriorarse. Y ahí sucesivamente comienzan las enfermedades: Parkinson, Alzheimer…, y el final.

Quizás para algunos la jubilación, el ocio eterno desde ese momento, es el relax, la tranquilidad que sus vidas estaban necesitando a esa edad, y se lo toman con humor y buen carácter. Ven la vida de la manera mas positiva posible, y con sus experiencias enseñan a los mas jóvenes a saberla vivir, y a no enojarse por nada. Para otros es pensar en que la juventud se fue, los años dorados ya pasaron y nunca volverán.

Algunos sobreviven, persisten hasta que les llegue el día. Sin expectativas de futuro, hacen los juegos de ingenio y se quejan de los achaques. Cuentan sus anécdotas de jóvenes, casi con lagrimas en los ojos, y casi siempre aparece algún personaje que ya no esta.

La mayoría de las veces, su vida “normal” de ocio eterno transcurre, entre hijos, parejas que los curan, enfermeros, médicos y psicólogos.

Muchos de nuestros abuelos se ocupan en talleres recreativos: deportes, folklore, teatro para la tercera edad.
Pero muchos de ellos también tienen que trabajar para vivir, si es que no quieren terminar el fin de sus vidas en la calle. Si no tienen hijos que los mantengan, el Estado, por lo menos en Argentina se ocupa poco y nada de su situación. PAMI, su obra social estatal, los ayuda, pero a veces a esa edad no alcanza, y tienen que pagar Prepagas privadas caras para poder costear los medicamentos.

Lo cierto es que por ese sufrimiento, y dolor de saber que ya no vamos a ver crecer a nuestros seres queridos, pasamos todos. Ese es el destino.

Una forma diferente de pasear y descubrir la geografía urbana. Una forma diferente de pasear y descubrir la geografía urbana.

En este tradicional barrio se puede disfrutar de un viaje gratuito por tranvía, los fines de semana y feriados.

Transitar por las calles del centro geográfico de Buenos Aires mediante un medio de transporte poco habitual se asemeja, valga la comparación, a la experiencia de ver una película emitida por un cinematógrafo en blanco y negro.

Es que los últimos años del boom del turismo internacional -y también cierta nostalgia- ha impulsado al Tramway, máxima expresión de la inventiva humana por aprovechar sus cualidades no contaminantes, del uso racional del espacio urbano y la comodidad que ofrece a los pasajeros.

Precisamente, el “Tramway Histórico de Buenos Aires” realiza viajes gratuitos por el tradicional barrio de Caballito todos los fines de semana y feriados. Las unidades parten desde la parada ubicada en Emilio Mitre al 500 (E. Mitre esq. José Bonifacio), recorriendo 2 km. de una de las zonas comerciales más importantes de la Capital Federal en 20 minutos.

Todo ello, gracias al aporte desinteresado de los miembros de la Asociación Amigos del Tranvía (AAT), que viene luchando desde 1980 en pro de la revitalización de este medio de locomoción. Durante el recorrido, un miembro de esta asociación se encarga de explicar y responder a todos los interesados sobre la Historia Ferroviaria de la Argentina, además de vender a los pasajeros souvenirs y publicaciones oficiales de la AAT como la revista “Tranvías”.

Básicamente -y tal como informó uno de los encargados de estos trayectos- el tranvía es un medio de transporte que utiliza energía eléctrica tomada de la línea aérea de contacto mediante un arco raspante; también utilizan un riel especial que permite la circulación de los automóviles a los costados de la calle.

Durante la espera -o después del paseo- es ineludible una visita al Café-Restaurante Sócrates (Av. Pedro Goyena 1402), un clásico barrial donde se puede degustar exquisiteces de todo tipo. O visitar El Parque Chacabuco (Emilio Mitre, Av. Eva Perón, Curapaligüe y Asamblea), pulmón verde donde encontrará un hermoso rosedal con senderos y árboles diversos.

Para llegar hasta allí nada mejor que utilizar el Ferrocarril Sarmiento (estación Caballito), la línea A (estaciones Río de Janeiro, Acoyte y Primera Junta) y la línea E de subterráneos (estaciones Avenida La Plata y José María Moreno). Todo ello, claro, sin el romanticismo del tranvía.

por Sabina

Información de suma importancia que no sale en los periódicos, en las revistas, en los medios. En Buenos Aires, en la Zona Norte, lugar de countries, de barrios cerrados, de casas quintas, en los parques de compras, en los shoppings están secuestrando chicos, bebés, niños super pequeños y no creo que justamente sea para pedir rescate por ellos.

Pero esto no sale en los medios, ni en Internet, solo es sabido de oído a oído, como las leyendas de las antiguas generaciones.
No es para alarmar a nadie, es solo para alertar, pero estamos presos en nuestro propio ocio, y un momento de relax y de dispersión puede terminar en tragedia. Hay que proteger a la población, avivar a las madres, padres de los cuidados especiales que hay que tener cuando uno sale de paseo un fin de semana, o en la semana misma. Los padres tienen que cuidar a sus hijos, no perderlos de vista, ni siquiera por dos minutos.

En los parques de compras como Las palmas de Pilar y en el Portal de Pilar intentaron secuestrar dos niñas.
Una madre estaba con su hija en Las Palmas y cuando ésta se dio vuelta la nena había desaparecido. La madre avisó a las autoridades del shopping, e inmediatamente el paseo se cerró, e interceptaron las entradas principales para que nadie saliera.

A la nena la encontraron en el baúl de un automóvil secuestrado. Con vida, dormida y pelada. Dos segundos más y la nena desaparecía del shopping. No encontraron a los delincuentes que se camuflaron con la multitud que caminaba por el parque.
Lo mismo sucedió en el Portal de Pilar. Esta vez, a esta criatura la hallaron dormida y pelada en un baño del shopping. No encontraron a los ¿perversos? ¿¿delincuentes??

Lo bueno es que las dos historias tuvieron un final feliz, los pequeños se reencontraron con sus madres. Pero no me gustaría imaginarme, ni siquiera pensar por un momento en el otro final. Tampoco puedo ponerme en la piel y en la carne de esa familia cuando vio que su hija había desaparecido. Un momento de desesperación.

Hay que alertar y no atemorizar a la comunidad, al turista. Hay que comunicar que hay sujetos con estas características dando vuelta, y un momento de ocio, una salida grupal, familiar y feliz, se puede transformar como un relámpago en un instante de caos, impotencia y desesperación.
Hay que aprender a vivir en Argentina con intranquilidad, pero sin pánico, presos del cuidado de nuestros hijos, y olvidándonos de nuestro verdadero ocio.

por Sabina

Ellos están encarcelados. Sus familias, si es que las tienen ya los visitan un par de veces por semana, les llevan alimentos, cigarrillos, ropa. Sus amigos son los que comparten con ellos la celda y la misma vida… la misma cárcel. Viven o sobreviven entre cuatro paredes, y afuera pasean por un gran patio. En sus momentos de ocio, de recreación no existen horas, ni días, ni minutos. Existe la hora de salir, y solo piensan en eso. Tachan los meses en una pared escrita. La pared habla de la vida misma.

Acá solo existen las expectativas para futuro. Mientras escuchan música muchos de los que viven aquí solo piensan en su vida allí afuera. Solamente están y persisten.
Pero la mayoría de los internos, están presos por robar, por matar, por violar, por secuestrar. Pero ningún político esta ahí por coimiar, y si lo están, habitan en celdas VIP. Muchos están sin haber cometido delito alguno, y sufren.

Son los internos que habitan en las viejas cárceles que todavía quedan en Argentina. Sucias, destruidas. Las leyes en su favor no existen, tampoco existen las leyes que protegen al que vive afuera de ellas, que también paradójicamente vive en su casa, encerrado tras las rejas de su portón.
Y mientras que la vida “normal” de la mayoría de los presos transcurre entre el ocio eterno, muchos de otros se ocupan en talleres recreativos: pintura, hacen gimnasia, estudian carreras universitarias, terciarias y así pasan sus horas, sus días entre el eterno ocio y las cuatro paredes.

Lo cierto es que el sufrimiento, la suciedad, y el eterno ocio que viven todos los días los internos de las cárceles interesan poco a los que tienen poder de decisión de cambiar esta situación edilicia e higiénica de las instituciones carcelarias, que nunca fueron remodeladas desde que fueron creadas.
De una y otra forma, con un proyecto de remodelación de las entidades penitenciarias o sin él, algo debería cambiar y no tiene que ver sólo con la estructura sino más bien con la humanidad, atención y sensibilidad de nuestra sociedad. Con la exclusión que se debe sentir al salir de ellas, y que “todos los miren”, y los tilden de “ladrones”.

Se supone que este tipo de lugares deben brindar contención a las personas para reestabilizarlos y luego de eso, lograr su inserción nuevamente en la sociedad.
En cambio, lamentablemente, viven apartados como leprosos, como si su problema fuera contagioso, controlados, todavía con el pan óptico que todo lo mira y observa.

por Sabina

Ellos están olvidados, sus familias, si es que las tienen ya no los visitan. Viven o sobreviven entre cuatro paredes, y afuera pasean por un gran parque. En sus momentos de ocio, de recreación no existen horas, ni días, ni minutos. Tampoco existen las expectativas para futuro, para muchos de los que viven allí. Solamente están y persisten. Son muchos de los internos que habitan en los viejos neuropsiquiátricos públicos que todavía quedan en Argentina, porque las leyes en su favor no existen, porque aun no existe en este territorio una ley de desmanicomalización que se lleve a cabo.

Y mientras que su vida “normal” de ocio eterno transcurre, enfermeros, psicólogos, estudiantes y políticos discuten acerca de qué hacer con su futuro.
Muchos de los pacientes se ocupan en talleres recreativos: pintura, hacen pan, realizan cajas, forman bolsas de residuos. Trabajan, se mantienen ocupados ellos y sus mentes.
Pero la mayoría de los pacientes, en su ocio prolongado, están presos de sus delirios místicos, de persecución, de sus alucinaciones, de sus crisis, de su melancolía. Algunos pasean por el parque, van a la iglesia, otros están adentro de la institución pidiendo limosna.

Los “locos”, como los llama la sociedad son foco de maltrato por personal de la entidad, de ignorancia, y de olvido por parte de sus parientes. Fueron depositados y ahora son excluidos, forman parte de una realidad que no es ajena, y totalmente desconocida.

Según las autoridades del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el nuevo proyecto de desmanicomalización sirve para volver a integrar: familias sustitutas que albergarían a aquellos que no tengan adonde ir y tratamientos ambulatorios, con muchos psicofármacos que en pocos meses restablecerían el estado psíquico de los pacientes.

Lo cierto es que el sufrimiento, el abandono, y el eterno ocio que viven todos los días los internos de los neuropsiquiátricos, como son el BORDA, para hombres y el MOYANO, para mujeres, poco parece interesarles a los que tienen poder de decisión.
De una y otra forma, con el proyecto y sin él algo debería cambiar y no tiene que ver sólo con la estructura sino más bien con la humanidad, atención y sensibilidad de nuestra sociedad.
Se supone que este tipo de lugares deben brindar contención a los pacientes para reestabilizarlos y luego de eso, lograr su inserción nuevamente en la sociedad.

En cambio, lamentablemente, viven apartados como si su enfermedad fuera contagiosa. Todavía, excluidos como decía el filosofo Foucault: “estos pacientes viven en un mundo privado que ya no puede garantizar ninguna objetividad, están sometidos a la opresión de ese mundo real”. El Siglo XVIII restituyo al enfermo de su naturaleza humana, pero el Siglo XIX los privo de los derechos y del ejercicio de los derechos derivados de esta naturaleza. Los ha hecho enajenados, al transmitir el conjunto de sus capacidades a otros.”

Para el Siglo de la razón, y de la ciencia, fueron un mal y hoy en el Siglo XXI, por lo menos en Argentina, estos enfermos se siguen sintiendo igual.

Cuenta la historia que cuando aparecieron las primeras cañas de pescar, los grandes ‘revoleadores’ de esa época llegaron a desafiar a los principiantes en forma amistosa y, como éstos últimos no tenían mucha práctica, perdieron por un amplio margen.

En Argentina, siempre un momento de ocio o de vacaciones es apto para la pesca: una unión entre naturaleza y pasión que envuelve gratos momentos junto a familiares y amigos.

Peso adecuado de las plomadas

Cuando se trata de cañas para pescar, su resistencia ya viene indicada de fábrica: tenemos de cuatro, seis u ocho onzas (el de 8 debería suponer el límite, si es que no queremos romperla). Independientemente de esto y actuando con buen criterio, se probará lanzar distintos pesos, siempre inferiores al indicado para la caña, hasta conseguir aquel que nos permita alcanzar la mayor distancia.

Cuando se arroja una línea, por ejemplo, en el río Paraná, se debe procurar que ésta quede en forma tal que las lanchas que pasan cerca de la costa no puedan coriarla; se calculará el lanzamiento de manera que la resultante sea un ángulo de más o menos 30º: así, se irá arrojando la línea en una dirección aproximada, teniendo en cuenta el tiempo en que la plomada llega al fondo mientras es arrastrada por la corriente hasta quedar en un lugar fijo.
Con esto se evita que al sumergir la carnada por el fondo del río se termine saliendo o ensuciando con barro.

La pesca de la Palometa

Es fácil ver a las palometas siguiendo la línea cuando se la recoge: su cuerpo plateado destaca entre las aguas y suben hasta quedar muy cerca de la superficie. Se han logrado sacar muchas con una línea provista de un corcho, lo suficientemente grande como para elevarla desde el fondo.
Las pescadillas disputan con ellas el cebo de los anzuelos y esta actividad se torna interesante y variada, cuando también aparecen los pejerreyes.
La línea se hará, preferentemente, de hilo de lino con anzuelo número 3 y plomada de dos onzas.

La palometa empieza a dar pelea tratando de liberarse y efectúa movimientos hacia ambos lados, pero la línea en tensión la obliga a dirigirse hacia el pescador, con el objeto de poder ser levantada con facilidad.
Para su pesca, se empezará por arrojar la línea lo más lejos que se pueda y cuando la plomada tome contacto con el agua, se le dará hilo hasta que llegue al fondo. Se la dejará así por breves instantes y de vez en cuando se irá recogiendo de metro en metro: este movimiento dará vida a la carnada y llamará la atención del pez.