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Boese, que hace poco más de una década fundó el museo de lo extraño en 1997 (www.museumofhoaxes.com), un portal en Internet en el que se examinan distintos tipos de fraudes científicos y leyendas urbanas. Se pregunta que extraño proceso puede pasar por la cabeza de un científico serio para llevarlo a extirparle la cabeza a un perro e implantarla en otro o administrar una sobredosis de LSD a un elefante. Porque eso fue precisamente lo que hizo, el 3 de agosto de 1962, Warren Thomas director del zoológico Lincoln Park de Oklahoma ayudado por otros dos investigadores de la Escuela de Medicina del estado, inyectó 297de ácido lisérgico a Tusko, un elefante de poco mas de 3 toneladas. La dosis era unas tres mil veces superior de lo que se colocaría una persona.
Unos meses después, publicó los resultados en la revista Sience “tras cinco minutos el elefante cayó sobre su costado derecho y entró en estado epiléptico”. Al cabo de una hora había muerto pese a todos sus intentos por animarlo. “Parece que el mayor animal terrestre reacciona de forma muy sensible al LSD” concluyeron. Según Boese, la noticia corrió como pólvora produciendo grandes titulares, ante tal desastre, los científicos se defendieron diciendo que no habían previsto que tal cosa pudiera pasar, que ellos mismos habían probado la droga y que el experimento podría funcionar para controlar las manadas problemáticas. Su respuesta no fue tomada en cuenta.
Autenticas Barbaridades
El caso de Tusko demuestra dos cosas, por un lado, hasta que punto son capaces de llegar algunas investigaciones cuando trascienden lo académico y por otro que en muchos experimentos los que más sufren son los animales, generalmente en situaciones ridículas y crueles. Durante los años 60 Martin Schein y Edgar Hale dos investigadores de la universidad de Pensilvana Estados Unidos se embarcaron en un amplio estudio del comportamiento sexual de los pavos machos, animales nada quisquillosos en sus gustos eróticos. De hecho según comprobaron los citados científicos se sentían tan atraídos por una hembra que por una imitación artificial.
Boese cuenta como los científicos fueron retirando partes del modelo para comprobar hasta que punto se sentían atraídos esos animales, así fueron sacando patas alas, a tal punto que sorprendidos descubrieron que los pavos continuaban sintiendo pulsaciones eróticas por una cabeza de pava (esta vez real) cortada y clavada en una estaca.
El experimento puede parecer cruel pero sus resultados quedaron expresados en 1965 por en el libro “Sexs and Behavior” (Sexo y Comportamiento).