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Una forma de diversión que, con el paso de los años ha ido perdiendo fuerza entre niños y jóvenes, es la lectura. Este hábito que permite no sólo aprender y conocer el mundo desde diferentes perspectivas, sino también aumentar nuestra creatividad e imaginación, ha ido debilitándose a medida que el mundo moderno y sus diversiones más inmediatas han ido popularizándose.
Es curioso que un hábito que antaño se asociaba con la buena educación y la riqueza intelectual, con los años haya pasado a ser, para muchos, sinónimo de poca vida social, timidez y algunos otros rasgos de personalidad considerados más bien negativos; sinónimo de ser lo que muchos llaman “nerds”. Debido al cambio en los estándares modernos, los jóvenes han ido asociando la lectura con una actividad “de viejos”, indigna de cualquiera que desee formar parte del grupo popular. Esto, agravado por el hecho de que el acceso a la literatura está restringido por los altos precios de los libros, da como resultado que, en muchos países, la cantidad de jóvenes lectores vaya disminuyendo cada año.
Así, por ejemplo, la encuesta realizada en Chile por Fundación La Fuente y Adimark GFK, demuestra que el 50% de los chilenos no se considera “lector” y que, actualmente, leer un libro no es ni una alternativa ni una prioridad en el 74% de las familias chilenas. Y es que ese es uno de los grandes problemas: padres que no leen crían hijos que no leen que, a su vez, criarán otros hijos que tampoco leerán… Y así el ciclo se perpetúa y la calidad de la educación y el nivel de cultura general de la sociedad va disminuyendo paulatinamente.
¿Qué se puede hacer? Los padres que ya son lectores asiduos, deberían inculcar en sus hijos, desde pequeños, el gusto por la lectura. Con cuidado y cariño, pasar de los cuentos infantiles, a las novelas juveniles, permitiendo que los jóvenes vayan desarrollando sus preferencias personales por géneros y autores. Los colegios, quizás, en vez de incluir dos o tres títulos clásicos pero poco atractivos en sus mallas de lectura obligatoria, podrían permitir que cada joven leyera lo que quiera, dentro de un cierto rango, permitiendo más libertad y que los jóvenes no asocien la lectura al tedio que produce leer por obligación sólo para rendir una prueba.
Y los niños y jóvenes, ¿qué pueden hacer? ¿Limitarse a rechazar la lectura de plano sólo porque muchos la tildan de “anticuada”? No. Al contrario. Está en ellos mismos vencer los estereotipos negativos asociados con la literatura; en ellos, demostrar que ser un lector asiduo no significa ser una persona aburrida, sino todo lo contrario: significa convertirse en una persona más culta, con otra perspectiva de las cosas. Y eso, a la larga, cobrará más peso y demostrará por sí mismo que, más allá de todo estereotipo, la lectura es un hábito que todos debiéramos poseer y atesorar.