Desde su historia milenaria los orientales nos han enseñado algunas disciplinas que han ayudado a que miles de occidentales se sientan mejor, que trabajen con el equilibrio entre cuerpo y alma y mejoren su relación con el ambiente que los rodea.

Una vez más desde esas culturas nos llega un consejo para conservar la salud física, que además puede ser sumamente disfrutable si sabemos agregarle nuestro toque y variar las propuestas.

Ingerir bebidas calientes con las comidas

Esto es el tan sencillo y conocido truquito de salud de ingerir bebidas calientes con las comidas y luego de ellas.

Todos queremos beber algo bien frío que nos quite la sed y el calor luego de la ingesta de los alimentos en el almuerzo o la cena; pero esta costumbre es un tanto perjudicial. El frío de las bebidas, para explicarlo en forma sencilla hace que las grasas ingeridas se solidifiquen, “forrando” el intestino, así son asimiladas y comienzan a provocar los síntomas de una de las enfermedades más conocidas y que tiene uno de los costos en vidas más altos en los registros médicos, problemas cardiovasculares.

Además de los problemas cardíacos, esta ingestión provoca en algún punto el sobrepeso.

Dicho esto se recomienda beber bebidas calientes con los alimentos. El lector pensará lo aburrido de beber agua caliente con un plato típico de su país, pero no hay que quedarse en la temperatura nada más.

Agregando un toque regional

Al incorporar esta costumbre podemos también agregarle diferentes elementos que son muy fáciles de encontrar en el mercado y que además traerán aparejados otra serie de beneficios para nuestro cuerpo.

Estos elementos pueden ser las tan conocidas hierbas o yuyos. Sí, esos que hemos usados en otras ocasiones para sentirnos mejor de la garganta, del estómago, etc. Los hay para todos los males, hasta para los cálculos renales.

Pueden ayudarnos a calmar los nervios, a digerir mejor, a mejorar la circulación, a la memoria, basta ir a una tienda de productos naturales para encontrar la más variada gama de ellos y con los usos más diversos.

Por otra parte, aportan un sabor suave, se beben sin azúcar y realmente calman la sed, no hay que usar siempre el mismo, se pueden variar, mezclar o agregarle limón para aumentar su potencial añadiendo vitamina C en estaciones como el invierno.

No debemos temer a experimentar, se puede disminuir un poco su temperatura y tomarlos tibios o sustituirlos por caldos caseros de bajo tenor graso.

¿La transfusión de sangre es tan riesgosa como se menciona? o ¿solo se usan como justificativos de doctrinas religiosas?

Los practicantes de la religión Testigos de Jehová aseguran que, las transfusiones de sangre son muy riesgosas. Ellos creen que la sangre de dios es sagrada y no se puede ‘beber’.

Por otra parte: introducción de sangre por vía intravenosa “no es beber”.

Se realizan estudios de compatibilidad. La unidad de sangre no se transfunde en forma completa sino que a través de distintos procesos mediante los cuales es separada en distintos componentes y además es analizada para ver que no contengan enfermedades (las que se pueden detectar… porque las que se encuentran en “periodos de ventana”, no se detectan).

Se hace ‘rendir la sangre’, se utilizan algunos componentes (no la totalidad de la sangre de un donante), esta sangre ‘sirve’ para varios pacientes (porque cada componente cumple una función distinta por lo que se utiliza en la ocasión en la que se la necesita).

El tratamiento de la sangre se realiza en los bancos de sangre en forma responsable y segura tanto para el donante como para el receptor. Además de que para ser donador existen una serie de requerimientos, por lo cual no cualquier persona puede ser donadora.

Los científicos del instituto Biotech de Massachusetts podrían estar en camino para eliminar la mayoría de los errores en las transfusiones de sangre. Su solución es un dispositivo que convierte todos los tipos de sangre en tipo 0. La sangre de este tipo es la más segura para las transfusiones ya que es tolerada por cualquier paciente con cualquier grupo sanguíneo.

¿Existen riesgos en una transfusión?

Riesgos por una transfusión: si, hay riesgos como en cualquier tratamiento médico.
Existen los “periodos de ventana” (que son períodos de ‘incubación’ de una enfermedad y van desde 4 a 6 semanas), para las enfermedades: hepatitis B y C, enfermedad de Chagas, y ‘otras’…

Entre las ‘otras’ se encuentra “el HIV”, que pasaría por ejemplo si: hoy me infecto con HIV (en una prueba por lo general no se detectará hasta dentro de 6 semanas)…y ¿qué pasa si mañana dono sangre?

Según datos de la Organización mundial de la Salud un 5% de los nuevos casos de sida por año se deben a transfusiones de sangre, 5% de casos (de sida estamos hablando).

Riesgos hay entonces…pero ¿tienen razón o no los creyentes de la religión?

¿Estamos capacitados para optar entre ética profesional y ética moral?

Creo que en cada caso particular esto depende pura y exclusivamente de quién sea el profesional de turno y cuál sea el caso particular que esté en juego. Quisiera destacar un caso particular, pero para nada irrelevante:

De acuerdo con los fieles de la religión Testigos de Jehová las transfusiones de sangre son muy riesgosas y se oponen a que sea realizada. Según ellos hay diez (10) métodos alternativos a la transfusión de sangre que funcionan igual o mejor.

El desarrollo de la transfusión sanguínea marcó el proceso progresivo de la técnica médica.

Desde la antigüedad el hombre pensaba que ese elemento era fundamental para la vida.

Ejemplos:
<ul>
 <li>En la Edad Media se frotaba el cuerpo con sangre o se tomaba para ‘sanar’ y fortalecer el cuerpo.</li>
 <li>Los romanos bebían la sangre de los gladiadores para adquirir su vigor.</li>
 <li>Para llegar a la transfusión sanguínea los médicos tuvieron que poseer datos fisiológicos y anatómicos sobre la circulación; si bien los árabes dejaron constancia de sus técnicas y experimentos, los profesionales decidieron ‘partir desde cero’.</li>
</ul>
La idea ‘transfusión ‘(pasaje de sangre de una vena a otra) surge en el siglo XVI y se dice que sus autores fueron Magnus Pegelius y Jerónimo Cardanos. Y que el pasaje de sangre de una arteria a una vena surgió en el año 1656.

El primer banco de sangre que se conoce data del año 1945 y se inauguró en Cuba con el fin de aportar sangre a los combatientes de la segunda guerra mundial.

En la etapa anterior a la revolución muchas personas vendían su sangre para escapar de la mala situación económica.

En 1962 la transfusión tomó otro rumbo perdurando en el tiempo y es lo que hoy conocemos como donación de sangre.

Las transfusiones se realizan bajo normas estrictas de seguridad, para que su calidad sea óptima y además se eviten enfermedades de transmisión vía sanguínea (hepatitis B ó C, VIH, sífilis).

¿Deben realizarse transfusiones de sangre a personas que su religión no se lo permite (estando en juego vida del paciente)? O ¿Debemos respetar su decisión aunque implique morir? ¿No se estaría actuando sobre el derecho de vida de un ser humano? ¿Cuáles son los deberes del profesional (en este caso se trataría del médico)? ¿Está dentro de la ética y profesionalismo del mismo?.

El problema radica en que nos focalizamos al ejercer como profesional; ¿dejamos de lado la ética moral ó dejamos de lado la ética profesional?

por Leandro Iraizuz

El efecto globalización ha marcado a las nuevas generaciones y nuestra cotidianeidad. Especialmente, gracias al desarrollo e impacto tecnológico latente en la sociedad desde mediados de los noventa hasta este entonces. Sin embargo en este juego de encender una computadora, apretar un botón y poder comunicarnos al instante con personas diametralmente opuestas a nosotros existe mucha tela por cortar. Es así que tanta inmensidad nos termina por demostrar que cuanto más lejos viajamos en el plano virtual, más cerca de casa estamos.

Esto queda en claro gracias al fenómeno web de las microfamas: personas que por algún blog, video en youtube o simple fotolog saltan a un parcial estrellato. Tiempo atrás la fama llegaba al cabo de algún logro importante. Con el paso del tiempo la fama se reservó al intermediario del acontecimiento: un historiador, un crítico, un columnista o un internauta, entre tantas posibilidades. Y hoy a la inmediatez de la comunidad virtual.

Y vamos a los casos prácticos: por ejemplo en la Argentina se dio el fenómeno “Cumbio”, una chica flogger (tribu urbana emparentada a la cultura fotolog) que en un abrir y cerrar de ojos se convirtió en una estrella mediática y fue paseada por todos los medios de comunicación, contratada por marcas de ropa e incluso llegó a sacar un libro. Pero como toda bola de nieve, por más grande que sea termina derritiéndose y en el caso de un personaje tan vacío y carente de contenido como este es muy difícil la reinvención para manterse en voga. Así es que tal vez mantenga su fama dentro de su tribu por un tiempo, pero equiparar ese estallido previo será imposible.

Andy Warhol, reconocida figura del movimiento pop art, planteó el famoso “cuarto de hora”. Todo el mundo lo tiene pero en la nueva era informática este cuarto se potencia. Llega más rápido y se puede convertir en segundos u horas de fama. Claro que ante esta masificación de ideas y en la búsqueda creativa online, hasta la más bizarra y retorcida de ellas, ya fue subida por algún otro usuario. Entonces, está todo visto.
Se podrá comentar con un compañero de oficina el video más creativo que circula en youtube, por estos días -que conocimos, de más está decir, a través de una cadena de mails-, el blog más llamativo de la web en la facultad antes de entrar a clase y tal o cual flog con la chica de turno. Sin embargo cuánto de esto es palpable, cuánto deja de ser ficticio y cuánto nos interesa con el correr del tiempo.

Esta distancia es la que nos marca el límite de nuestra frontera con el mundo virtual y, a fin de cuentas, nos acerca más a una comunidad local. Seguramente la mayoría de los contactos que posee un msn no trascienden a los amigos del barrio con los que vamos a bailar o algún pariente que vive un poco más alejado. Los diarios que leemos online son los mismos que se encuentran en el puesto de la esquina de casa. Y las radios que escuchamos son las mismas que nuestro viejo equipo de audio reproduce, sólo que es más cómodo y económico usar un aparato a dos.

Estas microfamas son llamados de atención. Importantes a una escala mayor a la de las viejas famas. Son escapes a lo cotidiano, que nos atraen momentaneamente -tal vez nos den nuestro memorable cuarto de hora si somos creativos-, pero no nos retrotraen de nuestra comunidad local, sino la reivindican.

por Leandro Iraizoz

Si usted se encuentra apurado no lea esta columna, requiere de mucha paciencia y por ende atención. De lo contrario, hágase un café y reflexione junto a ella.

Cierto personaje, contaba una vez -en una charla de café- una experiencia que definió a la perfección cuan impacientes somos: estaba de vacaciones, jugando al metegol con su primo, en una tranquila ciudad de la costa cuando éste le pregunta la hora. Le contestó que faltaban veinte minutos para cierto horario de la tarde. Entonces, su primo -con la tranquilidad de alguien que vive en una zona alejada de las grandes ciudades, en el interior de un país-, le remarcó la forma en que le respondió: no había dicho la hora puntualmente, sino contando los minutos que faltaban para un futuro que iba a tardar veinte eternos minutos en llegar.

Vivimos acelerados, apresurados, en una sociedad que legitima la inmediatez. Todo rápido, apurado, a las corridas, subiendo al colectivo con una tostada en la boca. No importa si está bien lo que hacemos mientras sea lo más veloz posible. Así, la paciencia se convierte en un bien preciado, semi-divino, alejado de la sociedad, podríamos decir: casi olvidado y obsoleto. El presente ya es pasado, no lo disfrutamos y nos preocupamos por lo que no sucedió -y tal vez no lo haga-, por el qué vendrá.

“La vida es eso que pasa mientras hacemos otras cosas”, dicen algunos sabios que vivieron esto en carne propia y hoy desde su experiencia y la irreversibilidad del caso lo reconocen. ¿Por qué nos empeñamos en vivir apurados? El hombre es un ser irónico y conflictivo, y particularmente muy extraño. Nos aterra la muerte, pero es el único lugar hacia donde vamos transitando este mundo con tanta velocidad.
La paciencia tiene que ser revalorizada como algo más. No es sinónimo de quietud, es el alerta de los sentidos. El estar preparado para ver todo el contexto. Tener una visión panorámica de lo que nos está ocurriendo. ¿Acaso no hace falta en todo equipo de fútbol una persona que pare la pelota, piense y haga ese pase quirúrgico que se convierte en gol? ¡Cuidado! Jugar al primer toque puede ser muy riesgoso.

La aceleración que producen los cambios tecnológicos es clave, diría: el quid de la cuestión. ¿De qué sirve tener la tecnología para llegar a China más rápido si no la usamos? Hoy, se trata de cantidad, no de calidad.

Y así podemos enumerar miles de “impaciencias”: quien sube la escalera mecánica como si fuese una normal para llegar rápido a la cima, el que toca bocina porque tiene dos autos adelante en el peaje y a no olvidarse de los que no podemos esperar un semáforo en rojo para cruzar la calle. Nombrar la impaciencia como una enfermedad de los tiempos modernos no sería desacertado.

De hecho, podría hacerlo, pero esta columna termina acá, seguro que no soporta más leer tanto tiempo a una persona y menos escribiendo sobre la impaciencia. Tiene un día larguísimo, muchas pero muchas más actividades y encima el café que planeaba hacer dos minutos atrás, todavía espera por usted…

A lo mejor no se trata de eso, simplemente de ser como uno y es y ya está. Porque si te paras a pensar no hay forma, en la mayoría de las ocasiones, de sacar la cabeza. Lo hemos intentado todo pero siempre hay una amenaza ahí fuera. Y es que los enemigos son muchos, demasiados diría yo, empezando por tu pareja, para seguir con tu familia, tus amigos, tus vecinos, tu alcalde y los políticos en general.

Esos sí que tendrían que abrir el grifo de una maldita vez porque es asqueroso lo que hacen con el pueblo. Con qué cara se nos siguen presentando cada cuatro años; con cara de tonto para que les sigamos dando la millonada que se llevan. Además esta gente no se va al paro, se va a su trabajo anterior y a mangar todo lo que puedan de su etapa como ministro.

Y nosotros qué. Quién somos, qué hacemos aquí, estaremos vivos mañana, sí, eso es lo único en lo que pienso cuando me duermo, que mañana iré a ese supermercado que tirará lo que no les interesa. Que entre las ratas, humanas y animales, tendré mi oportunidad para comerme una manzana podrida y yogures caducados hace 3 días. Que el café de Cruz Roja me cae bien más por la conversación que por el café en sí. Que esta vida de rosas no es más que de espinas. Que lo que me decían los curas cuando estudiaba en su colegio no me ha servido absolutamente para nada.

Ni siendo cristiano ni ateo se consigue nada en esta selva. Lo único que consigues es lo que he conseguido yo, amigo mío, dormir entre cartones con un ojo abierto por si a algún pijo le da por prenderte fuego y hacer de ti una falla humana. De que el estómago lo tengo destrozado, de que aunque vivo en la calle no me drogo ni soy alcohólico. De que mi mujer se quedó con todo y mis hijos siguen viviendo en mi chalet, pensando que su padre se ha ido con una mujer a California. De que esta ciudad se me mete por las venas a cada paso y cada vez me da más asco. De que entres en un bar y todos estén pendientes de que no me lleve nada. De que te echen una moneda con asco, como si fueran los amos del mundo, esos miserables que tienen un sudoku por nómina, esos que siguen contribuyendo a que en este país sigan mangando los mismos desde hace 100 años.

No, no se acabó el fascismo; sólo se le cambió el nombre mi amigo. Menos mal que te tengo a ti compañero, mi fiel perrillo.

por Sabina

Ellos están olvidados, sus familias, si es que las tienen ya no los visitan. Viven o sobreviven entre cuatro paredes, y afuera pasean por un gran parque. En sus momentos de ocio, de recreación no existen horas, ni días, ni minutos. Tampoco existen las expectativas para futuro, para muchos de los que viven allí. Solamente están y persisten. Son muchos de los internos que habitan en los viejos neuropsiquiátricos públicos que todavía quedan en Argentina, porque las leyes en su favor no existen, porque aun no existe en este territorio una ley de desmanicomalización que se lleve a cabo.

Y mientras que su vida “normal” de ocio eterno transcurre, enfermeros, psicólogos, estudiantes y políticos discuten acerca de qué hacer con su futuro.
Muchos de los pacientes se ocupan en talleres recreativos: pintura, hacen pan, realizan cajas, forman bolsas de residuos. Trabajan, se mantienen ocupados ellos y sus mentes.
Pero la mayoría de los pacientes, en su ocio prolongado, están presos de sus delirios místicos, de persecución, de sus alucinaciones, de sus crisis, de su melancolía. Algunos pasean por el parque, van a la iglesia, otros están adentro de la institución pidiendo limosna.

Los “locos”, como los llama la sociedad son foco de maltrato por personal de la entidad, de ignorancia, y de olvido por parte de sus parientes. Fueron depositados y ahora son excluidos, forman parte de una realidad que no es ajena, y totalmente desconocida.

Según las autoridades del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el nuevo proyecto de desmanicomalización sirve para volver a integrar: familias sustitutas que albergarían a aquellos que no tengan adonde ir y tratamientos ambulatorios, con muchos psicofármacos que en pocos meses restablecerían el estado psíquico de los pacientes.

Lo cierto es que el sufrimiento, el abandono, y el eterno ocio que viven todos los días los internos de los neuropsiquiátricos, como son el BORDA, para hombres y el MOYANO, para mujeres, poco parece interesarles a los que tienen poder de decisión.
De una y otra forma, con el proyecto y sin él algo debería cambiar y no tiene que ver sólo con la estructura sino más bien con la humanidad, atención y sensibilidad de nuestra sociedad.
Se supone que este tipo de lugares deben brindar contención a los pacientes para reestabilizarlos y luego de eso, lograr su inserción nuevamente en la sociedad.

En cambio, lamentablemente, viven apartados como si su enfermedad fuera contagiosa. Todavía, excluidos como decía el filosofo Foucault: “estos pacientes viven en un mundo privado que ya no puede garantizar ninguna objetividad, están sometidos a la opresión de ese mundo real”. El Siglo XVIII restituyo al enfermo de su naturaleza humana, pero el Siglo XIX los privo de los derechos y del ejercicio de los derechos derivados de esta naturaleza. Los ha hecho enajenados, al transmitir el conjunto de sus capacidades a otros.”

Para el Siglo de la razón, y de la ciencia, fueron un mal y hoy en el Siglo XXI, por lo menos en Argentina, estos enfermos se siguen sintiendo igual.