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Si gusta disfrutar de la naturaleza y sus rarezas no puede dejar de dedicar unas vacaciones en Latinoamérica, en el departamento de Rocha en Uruguay, justo allí en la entrada que tantos colonos creyeron encontrar el paso entre América y las Indias, El Río de la Plata.
En unos de los diecinueve departamentos de ese pequeño y hermoso país, el departamento de Rocha, se encuentra una extravagancia natural:
El monte de Ombúes.
Este paradisíaco lugar es uno de los tantos espectaculares lugares que tiene para ofrecer el país.
En una franja de veinte kilómetros a cargo del Estado vive una colonia de ombúes, de majestuoso tamaño y esplendoroso porte. Lo extraño de este lugar es su concentración; el ombú es un árbol que se ve desde la Pampa argentina hasta las orillas del plata pero siempre solo.
Aquí se ve un gran grupo, con ejemplares de hasta quinientos años y otros que recién comienzan a acumular historia. La razón de su agrupación no se conoce, lo maravilloso de ésta está a simple vista.
Es la agrupación más grande de la región del Plata.
Se llega en pequeñas embarcaciones a través de la Laguna de Castillos, allí se arriba a un pequeño muelle y luego el guía conduce a los turistas por sendas construidas por el estado en pro de mantener el lugar. Allí habitan gran parte de la fauna típica del país, y no es de sorprender que en el recorrido nos pase por delante un ñandú.
Preservando la naturaleza
El título hace referencia a un cartel que se planta al comienzo de la travesía, y apoya la idea del guía, ya que no se pueden abandonar los senderos y el cuidado es estricto, el grupo debe caminar cauteloso, sin arrojar basura, sin alarmar a los pájaros con fuertes gritos o carcajadas.
Todo esto no hace más que colaborar con un entorno de misterio, majestuosidad, y deslumbramiento absoluto, la naturaleza en todo su esplendor, en toda su gloria.
Allí se agudizan los sentidos, nuestros latidos pueden escucharse, se detienen las verborragias del vivir cotidiano, y nos trasladamos a un tiempo sin tic tacs, la vista se siente plena entre verdes, marrones y sombras, el oído se adormece con el movimiento acompasado de agua y ramas, el trinar de pájaros nos relaja, la piel experimenta una temperatura que no existe en los termómetros, el cuerpo todo baila al caminar.
Adjetivarlo no basta, verlo en fotos lo fracciona y lo empobrece, disfrutarlo solo se puede viviéndolo…