La fuga (2)

Subí al camión. Julio no me apuntó con el arma. Nada más me miró, y me dijo:

—Vamos a Arrecifes. Tenemos que planear un robo a un banco.

No estaba en posición de elegir destino ni objetivos. Me vinieron a la mente los salamines: los imaginaba llenos de musgo. Spadaro, mi jefe, me echaría sin pensarlo. Estaba muy preocupado. La última vez que había quedado sin trabajo estuve desocupado por tres años. Mi mujer había tenido que armar unas cajitas de cartón. Nos pagaban por unidad. Pasábamos el día armándolas y no sabíamos para qué. Nuestros únicos diálogos eran sobre las cajitas. No nos comunicábamos para otra cosa. A veces no íbamos al baño porque había que terminar una entrega. No duró demasiado tiempo. Tuve una discusión con el dueño de las cajitas y me dijo que no volviera. No sé dominarme cuando me exaspero.

Estuve un tiempo en un garage, medio turno. Estacionaba autos todo el tiempo. Venían muchos militares. Algunos me trataban como si estuviese en el servicio militar. Me hacían lavar los autos, cargar nafta. Tuve que aprender de mecánica. No me vino nada mal. Duré hasta que hice una maniobra inconveniente con el auto de un teniente coronel y le rompí el foquito de atrás. El dueño del garage me echó.

Después vinieron años peores. Mi mujer tuvo que emplearse en un supermercado. Yo me quedaba en casa cuidando a los niños. Cocinaba, lavaba y planchaba. Y no es que sea machista, pero algo de mí había quedado suspendido. Necesitaba emplearme de cualquier cosa.

Un día vino a visitarme mi amigo el Sapo y me conectó con Spadaro, el dueño del frigorífico. La paga no era alucinante, pero al menos viajaba y traía el dinero a casa. Mi mujer pudo dejar el supermercado y yo volví a ponerme los pantalones.

Ahora, a la vuelta de aquel viaje a Mar del Plata, todo eso corría el riesgo de esfumarse. Julio me miraba con ojos de presidiario. Había dejado el arma en la guantera y miraba el acelerador.

—Metele pata. Quiero que me lleves a un refugio que yo tengo y te voy a decir cuáles son los planes para entrar campeando a Arrecifes.
—Como quieras.

Si pensaba algo en ese momento, no sabía lo que era. No me acuerdo más que de ver pasar volando los árboles a los costados, los campos con ganado. El cielo estaba turbulento.

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