20
Julio me hizo tomar por un camino de tierra. Estaba lleno de pinos y de pájaros raros. Se sentía el olor de los eucaliptos. Respiré hondo para sentir ese aroma, pero Julio encendió un cigarrillo y se apagó todo. Me hizo estacionar detrás de un árbol. Ni bien se detuvo el motor, me dijo que nos bajáramos. Le hice caso. Nos sentamos en el pasto.
—Tenemos que desaparecer pronto. Nos sigue la policía.
Mientras hablaba me parecía mentira lo que estaba diciendo. Tenía la sensación, que evidentemente no era la equivocada, de que me había incluido en sus planes como parte de un equipo maléfico. Yo no tenía opciones.
—Tú conoces bien la ruta —dijo con una voz pastosa—. Tenés que orientarme. Vamos a un veinte y un ochenta. Además te prometo que no es el único atraco. Pero, eso sí, vas a tener que aprender a usar un arma. Yo solo no puedo con toda la gente que hay en el banco. Después de Arrecifes, vamos a asaltar el Banco de Tandil. Acá tenés tu 9mm.
—Pero no sé ni cómo se usa eso.
—Yo a los diez años qué no hubiera dado por una máquina como esa. Tenía que asaltar con un dedo, y el que me mandaba me tenía prometida una que no llegué a ver hasta los veinte años, cuando pude juntar para comprarla, bueno, para que el Lija me la comprara; porque yo era menor y no podía conseguir el permiso.
Subimos al auto y puse primera. El motor estaba frío. Tuve que darle al acelerador. Julio se había puesto nervioso.
—Dale que tenemos que estar en Arrecifes al mediodía, mira que el banco cierra a las tres de la tarde.
Me había dicho que en la primera parada me haría desarmar el arma para verificar que anduviera como correspondía. No solamente no había manejado un arma en mi vida, hasta me había salvado del servicio militar por hijo de madre viuda. Mi padre era un tipo pacífico. Había sido abogado. Defendía casos difíciles, tipos que habían sido detenidos por intento de asesinato o cosas peores. Él tenía que partir de la base de que eran todos inocentes, que jamás le tocarían un pelo ni a Dios ni a María Santísima, y en general tenían unos rostros fascinerosos, tipos con un historial tupido, que el que no había asaltado había violado a alguna mujer o había sido metido en la cárcel por golpear a su esposa, generalmente alcohólicos o merqueros,* traficantes, asaltantes. Y mi padre estaba ahí, los defendía como si nada. Después, por alguna cuestión se enteraba si habían o no cometido esos crímenes.
Deja tu comentario
Debes estar logueado para escribir comentarios.