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Me acuerdo del caso del Chaqueño. Había violado a su propia mujer y después mató a la suegra. Todo indicaba que era el único culpable posible, y no, mi padre revolvió todo y probó que el Chaqueño no tenía nada contra su suegra, que había sido asaltada por una banda y que a uno de los delincuentes se le había escapado una bala. Después el chaqueño fue puesto en libertad y, a los dos años, mató a la mujer. Pero mi padre seguía con su trabajo como si nada, hasta con cierta modestia. Era un abogado eficiente, capaz de convencer a cualquiera de cualquier cosa. Mi madre le creía todo lo que le decía. Tenía un carisma único: con los ojos definía las situaciones. Mi madre lo seguía en todo lo que decía. A mí no tenía necesidad de retarme ni de pegarme, con que me mirara con cierta expresividad ya era suficiente.
Ahora Julio me pedía que nos detuviéramos. Era en un páramo desierto. Puso una piedra grande como blanco. Me pidió que disparara. Cuando apretaba el gatillo, las balas salían para cualquier lado. Terminé el cargador y la piedra seguía intacta. Julio hizo un solo disparo que destruyó la piedra.
Paramos para almorzar. Julio tenía un jamón que acababa de robar. Yo tomé uno de los salamines. Hicimos una picada. Julio comía como una fiera. Usaba un cuchillo propio de un asesino. Tenía dos dientes emplomados que le daban un aspecto más siniestro. Todos sus dedos estaban colmados de anillos. En la mano derecha tenía un ancla.
—Fui marinero en un barco de carga. Hacíamos los puertos del Paraná. Yo estaba encargado de la cocina. No, si yo ganaba bien. Me traía mis buenos tesoros. A la que era mi mujer entonces la llené de alhajas y de ropa. Así me lo agradeció la muy guacha, yéndose con el lechero. Yo sabía, cuando me iba a embarcar lo veía al turro que se encaminaba a mi casa. Vestido así de blanco parecía que no mataba ni a una mosca. Cuando me enteré, cacé el arma y lo fui a buscar, lo agarré del cuello y le apunté: el tipo temblaba como una mosca. Seguro que se había hecho encima. Tiró el cajón de leche que tenía agarrado y levantó las manos como una señorita.
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