20
Julio tomó una ramita y se limpió las hendiduras de los dientes. Cada tanto escupía los restos de carne que le habían quedado atrapados.
—Hay que tener bien claro el plan. Esto no es cualquier cosa. Vamos a asaltar un banco, el Banco de Arrecifes. Hay gente. La gente es muy cagona. Tú eres nuevito en esto.
—¿Yo?… Yo, Julio, no quiero asaltar a nadie.
—¿Por qué no hablaste antes? Tenías que decírmelo. Yo ya me había ilusionado. Pensé que tenía un nuevo compañero. ¿Sabes el tiempo que vengo maquinando solo todas estas cosas? Estoy tan solo que le hablo al arma. Paso días y noches sin dormir pensando en mis próximos movimientos, cagado hasta las patas de cómo me van a salir las cosas, pensando en qué pasa si algún tipo se me tira encima y me quiere arrebatar el arma, lleno de cagaso, porque, ¿qué te crees, que a mí me gusta matar gente?
—¿Mataste a alguien alguna vez?
Julio se detuvo y se quedó mirando el horizonte. No hablaba. Parecía como si le hubiesen robado las palabras.
—Tenemos que estar bien organizados…
—Te repito, Julio, yo no quiero asaltar a nadie, ya estoy harto, si quieres mátame, liquídame, pero yo tengo un empleo, me pagan un sueldo, soy repartidor de fiambres. Es más, si quieres llévate el dinero de mi recaudación, acá lo tienes, me pagaron con un cheque a ciento veinte días del banco de la provincia de Buenos Aires. Toma, el cheque es tuyo. Déjame ir.
Julio puso un gesto de tristeza. Paró de hablar. Empezó a juguetear con el arma. Pero no le interesó el cheque. Yo, lo confieso, tuve miedo, mucho miedo.
—Vas a ser mi chofer. Dejamos el acoplado por acá para que el camión esté más liviano.
—No quiero ser tu chofer ni tu ayudante asaltante segundo, yo me voy a casa o me matas, ¿entiendes? Estoy afuera. A mí las historias de asaltos no me gustan ni en las películas ni en los noticieros, ni en la realidad. Te digo más: me aburren. Cuando empiezan a negociar con la policía cambio de canal, pongo una de guerra.
—No quiero ser el protagonista de tu película. Solamente creí que ibas a querer ayudarme. Después de todo nos conocimos en la ruta, en la ruta se hacen los verdaderos amigos. Te hablé para que no te durmieras. Te conté sobre mi mujer, te hablé de lo que hacía cuando trabajaba. Te confesé cosas que no le dije ni a mi mejor amigo. ¿Te crees que le conté a alguien que mi mujer me corneaba?
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